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Entrevista con
Jeanne Moreau
¿Cómo
te involucraste en el proyecto de la película Tiempo de vivir?
Siempre veo las películas de
François cuando se estrenan, y un amigo en común, Jean-Claude Moireau, que
trabaja con François y escribió mi biografía, nos presentó.
François y yo platicábamos por
teléfono, y sentí que lo conocía de antes, como si fuera mi hermano. Bueno, mi
hermano menor. Él sintió lo mismo. Me decía, “tenemos que trabajar juntos uno
de estos días.” Me llamó para invitarme a trabajar en Tiempo de vivir. Me platicó la trama de la película y le dije:
“espero que no sea el papel de una abuela.” “Sí, si es,” me dijo. “Bueno, está
bien, pero sólo por que eres tu.” El
guión no me importaba tanto porque para mi François es un ser y un director
excepcional: ambos van de la mano. Es un realizador (realisateur), y no meramente alguien que coloca objetos en una
escena (metteur-en-scene).
¿Cuál
es la diferencia?
Un metteur-en-scène es alguien que coloca, que ordena. Un réalisateur es alguien que puede volver
realidad lo imaginario. Una película es una obra de ficción, pero toda la
ficción se vuelve autobiográfica cuando el autor es verdaderamente talentoso.
Cuando Cézanne dice: “Esta es mi manzana,” es,
para Cézanne, una manzana. Como todas las grandes películas, Tiempo de vivir es una confesión. Cuando
la vi, mágicamente aparecía, por momentos, la cara de François sobre la de
Melvil en las tomas en primer plano. Se necesita mucho valor para acercarse
tanto a lo que deseas, expresar de manera tan absoluta tus obsesiones. Creo que
François se entrega más en esta película que en cualquier otra. Para mi, Tiempo de vivir está compuesta por una
serie de confesiones sobre la relación con la familia, sobre el rechazo a las
ideas convencionales de cómo podemos prevenir el sufrimiento ajeno… para querer
y ser querido tienes que estar en contacto con el dolor, tienes que tener la
capacidad de provocarlo y sentirlo. Cuando Romain deja a su abuela, que para él
representa el amor, es como si estuviera huyendo de esta cercanía, de una
posible ósmosis.
¿Y
el encuentro con la pareja en la autopista?
Es una casualidad, puede suceder
en cualquier lugar, cuando estas tomándote un café. Es como cuando se concibe
un niño sin amor, sin compromiso. Es dar sin amor. La escena en la que Romain y
la pareja se despiden después de firmar el testamento es espléndida. Después de
ese regalo, ese gesto tan íntimo, se enteran que Romain va a morir y el esposo,
tratando sinceramente de aligerar las cosas, torpemente le desea “buena suerte.” Para mí, la película trata sobre el rechazo a
estar acompañado de los demás cuando enfrentas el dolor absoluto.
¿Cómo
fue el rodaje?
No me sorprendió lo preciso y
exigente que es François. Al mismo tiempo, te da mucha libertad. Es imposible
no ser generosa con alguien como él. No puedes decir tras filmar dos tomas:
“Bueno, ya estuvo, ya terminé.” François no duda en repetir la toma hasta que
consiga lo que necesita, o hasta que le des algo inesperado que lo mueve a ir
más lejos con la escena. Estaba totalmente a sus órdenes, aunque tienes que
estar preparada para entrar al universo de François. Pero es una experiencia
magnífica que deja huella.
¿Cómo
abordaste al personaje?
No preparé nada, nada es
premeditado. Una de mis reglas es llegar totalmente vacía al rodaje; no me
aprendo el texto. Esto me permite sentirme libre, limpia. Me entra un especie
de estado frenético mientras se va acercando el rodaje, mientras elegimos el
vestuario y trabajamos con el maquillista. No me interesa tanto mi personaje, me
interesa más la película en sí misma.
La gente asocia el pánico
escénico con el miedo al ridículo, a dar una mala impresión. Yo lo veo como una
fiebre. Cuando actúo, soy dos personas. Está la que controla la distancia con
la cámara para no salirme del marco… y luego está el fuego interior, ese miedo
exquisito. Está la parte subconsciente que sabe hasta dónde ir, y la otra que
dice: “¿podría estar más caliente el fuego?” Y derrepente, todo se enciende.
Me acuerdo que le dije a
François, durante la escena en la que Romain se despide de Laura, “no, no puedo hacerla.” Y con mucha
tranquilidad me dijo, “sí, si puedes. Tratemos otra vez.” Y tenía razón. Hay
momentos en que el sentimiento tiene que surgir de forma verdadera, no de los
pensamientos o de un director que te arrastra por el lodo, te grita enfrente
del equipo que tu hijo a muerto o cualquier imbecilidad de esas. En cuanto
François colocó la cámara, me sentí segura. Tenía sentido: supe a dónde quería
ir, lo que quería ver.
¿Y
el trabajo con Melvil Poupaud?
Es muy tímido, pero sabía que
tenía algo que ofrecer, y que yo no lo estaba juzgando ni controlándolo. Puedo
ser intimidante, pero no en la intimidad de un rodaje.
¿Cree
que esta película la retó a ir a lugares a los que nunca había ido?
Ciertamente, y eso ha sido en
parte mi razón para vivir. No me gusta ir a los lugares en los que ya he
estado. En la vida hay muchos lugares por descubrir. No quiero perder el tiempo
con lo que ya conozco. La situación de Laura
me era totalmente desconocida. Nunca he estado en una situación en la
que alguien me confía que va a morir. He visto a gente joven morir, pero nada
como esto.
¿Cómo
le das vida a un personaje que tiene tan poca escenas?
Habíamos filmado más escenas,
pero François las elimino en la sala de edición, y el resultado fue perfecto.
Los personajes que están en escena de principio a fin no son necesariamente los
que resaltan más. Así pasa en la vida también. Platico con alguien brevemente
en un café o en el aeropuerto, y se quedan en mi memoria, mientras que hay
otros con los que paso mucho tiempo y no dejan rastro alguno.
Para darle vida a un personaje
rápidamente, hay que crearles un pasado. Desde joven puedo hacer esto, y ahora
que el tiempo ha pasado realmente… mi cara ha cambiado con los años y tiene
suficiente historia como para provocar algún efecto en los espectadores.
Hay
ciertos detalles que le dan una existencia concreta al personaje de Laura; que
la hacen, más que una abuela, una mujer muy sensual. Por ejemplo, el hecho de
que duerme desnuda…
François sabe que yo duermo
desnuda. Le había contado que tenía que estar desnuda para poder dormir,
como un bebé. Supongo que de ahí sacó la idea. François metió al guión cosas
que platicamos cuando nos reuníamos. Las vitaminas, por ejemplo. Las vio en mi
cocina y me preguntó para qué eran.
Romain
le dice algo bastante cruel a Laura. Cuando ella le pregunta por qué ha
decidido contárselo todo, él responde: “Porque al igual que yo, tu también vas
a morir pronto.”
Laura lo asimila, luego esta
complicidad entre ellos la hace sonreír. El hecho de que le diga: “en la noche
me quisiera ir contigo,” muestra que la muerte no le incomoda, aunque tampoco
la provoca. Las vitaminas no son para ahuyentar la muerte, si no para ahuyentar
el deterioro. Ella misma lo dice: “Quiero morir en buen estado de salud.”
¿Pensó
en Bajo la arena, que habla también
sobre el luto?
No, no son parecidas. Bajo la arena es sobre la obsesión de
resucitar una persona ausente. De hecho, la película se podría haber llamado El ausente. Me parece que todas las
películas de François son distintas, aun que quizás estén unidas por un hilo
conductor. François ocupa un lugar muy especial en el cine francés. Ha crecido
y evolucionado de forma espectacular. Ya lleva un buen rato haciendo cine. Es
un juego peligroso, pero él usa su reputación, su éxito, y su situación
económica con mucha sabiduría. Es honesto. Es fiel a sí mismo.
La
película también nos dice que morir es reencontrarse con una parte de la
infancia.
No estoy tan segura que Romain
muere al final... es una escena alegórica. Para mí, saber cómo morir es
saber cómo vivir. ¿Qué es la muerte? Es el resultado de toda una vida. Vivimos
en una época en donde se quieren separar ambas cosas: se está viva un minuto, y
derrepente --¡que horror!-- morimos. Pero Romain no muere: pasa, se disuelve,
y lo digo sin ningún sentimiento religioso. Es igual de tonto decir que no hay
vida después de la muerte a que sí la hay. La muerte es un misterio. Todos
somos vulnerables frente a ella, lo cual hace que la vida sea interesante y
apasionante. La vida es sumamente difícil y dolorosa. La gente siempre habla de
la felicidad, pero la felicidad –la “bonheur”, como se dice en francés, como la
“bonne heure” o buena hora, literalmente—es azarosa. Lo que importa es la
alegría, conocer el frío, el calor, las sombras, la luz… cada persona
interpretará Tiempo de vivir a su manera. Habrá quién sentirá miedo,
quién la rechace, y quién descubra cosas en las que nunca había pensado. Creo
que no solo trata sobre la muerte, si no que va más allá. Hay una verdadera
calma, unas pocas lágrimas, pero nada de sentimentalismo.
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